HISTORIA DEL JABÓN


El célebre médico griego Galeno en el siglo II después de Cristo hace la primera referencia escrita sobre el jabón como agente de limpieza y aseguraba que era “la mejor manera de eliminar la suciedad, fuente principal de todas las enfermedades” (1).
Aparentemente el mismo jabón era conocido por los Galos 600 años antes de Cristo pero lo usaban como tintura para el cabello, según nos informa Plinio el Viejo (2).
Sin embargo el agente más usado en la antigüedad para el lavado era la orina corrompida por sus características de leve alcalinidad.
La primera receta conocida para quitarse la suciedad es del año 3000 antes de Cristo y está redactada en los siguientes términos: “Mezclad una parte de aceite con cinco de potasa, con lo que obtendréis una pasta que librará a vuestro cuerpo de su suciedad más que el agua del río”.

Sobre el desarrollo de la industria del jabón se conoce muy poco pero en el siglo VIII el Jabón se conocía en el sur de Europa y se fabricaba en ciudades como Marsella, Génova y Toledo. Era un producto caro ya que las materias primas no eran de fácil extracción y su elaboración era artesanal.
El jabón, como lo conocemos hoy, es el producto de la mezcla de soda cáustica y aceites o grasas. La soda cáustica era difícil de obtener y muy costosa hasta que llegó Leblanc. En 1775, la academia Francesa de Ciencias, había ofrecido un premio de 2400 libras a quien inventase un método de transformación de la sal común en soda cáustica Estimulado por el premio, Nicolás Leblanc se ocupó del tema y descubrió en 1787 que mezclando sal marina con ácido sulfúrico se obtenía soda cáustica.

 

 

En 1790 Leblanc se asoció con el Duque de Orleáns e instalaron una fabrica cerca de St. Denis pero al poco tiempo fue embargada junto con los bienes del Duque. Leblanc, que en 1791 había obtenido la patente para su procedimiento, tuvo que hacer público su hallazgo, forzado por el comité de salud pública, que decidió que todo secreto debía ser revelado para el bien de la patria. Leblanc quedó arruinado y cansado por largas e inútiles batallas legales para mantener el derecho sobre su invención. Fue rechazado, él y su familia quedaron en la miseria, cayó en la desesperación y se suicidó en 1806.
Mucho le debemos a Leblanc puesto que gracias a su invento el jabón se hizo más popular en toda Europa y hacia 1830 la mortandad infantil disminuyó notablemente.